Berserk: el eslabón perdido entre Aphex y Bizarrap
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Miro mucho video-ensayo en YouTube, es un formato que me gusta mucho. Yo no lo hago porque me da mucha fiaca editar video. Además no me gusta tener tantos archivos y carpetas, me da un poco de fobia. Hace un tiempo vi uno sobre Berserk, no era gran cosa pero me quedó en la cabeza. Así que cuando Netflix lo incluyó en su catálogo lo empecé a ver. Me di cuenta entonces de dos cosas.
La primera, que el video-ensayo era peor de lo que pensaba. Algo crucial es la tensión sexual entre el protagonista y el jefe de los mercenarios para los que empieza a trabajar. Sobre esto no había ni una palabra en el ensayo, era algo muy estereotipado sobre los conflictos internos del protagonista que es lo más superficial que se detecta desde un principio, es más, el mismo protagonista hace esa confesión en los primeros capítulos. Es decir, eso es algo más bien sobre lo que hay que desconfiar pero bueno… Lo que quiero decir tiene que ver con otra cosa que me di cuenta.
El opening de un animé es un género en sí mismo, algo determinante, importantísimo. Por eso me decepcioné un poco al escuchar el opening de Berserk, me pareció pedorrísimo. No lo digo por la anacronía. Berserk es una fantasía medieval y el opening es un pop-rock-alternativo noventoso muy simplón. No, no es ese el problema, la anacronía no es en sí un problema como se demuestra en la primera escena de acción porque empieza un riff de sintetizador bastante sucio acompañado en principio solamente por unos toms de batería. Ahí paré la oreja, eso era otra cosa, mucho más estimulante y original. Pero lo bueno de verdad vino después, en otra escena de acción, empezó a sonar “Forces” de Susumu Hirasawa. Enseguida esa pieza musical me pareció más interesante que el animé. De hecho, al escucharlo otra vez tuve la sensación de que conocía ese estilo, que lo había escuchado. Algo heróico, triunfal pero también oscuro, desprolijo y debocado. En efecto, conocía esa personalidad y la confirmé enseguida. La había escuchado en Paprika y me había generado la misma sensación. Algo que suena descaradamente “mal” según la heteronorma del preciosismo sónico con el que se disciplina a las masas y se consuela a compositorxs frustradxs. Una pelota sobrecargada, un muro barroco de perdición, un plano deforme que llega al límite de volver casi ininteligible los instrumentos que acompañan esa melodía pentatónica de, eso sí, una voz muy expresiva, también engrosada pero adelante, en primer plano. Lo mejor es que, a pesar de todo este festival cuasicacofónico, no hay ningún elemento desafinado o genéticamente ruidoso, nada que indique la más mínima pretensión vanguardista (igual o más desagradable que el preciosismo sónico). Por supuesto, todos estos elementos “mal mezclados” son conducidos por una sensibilidad conmovedora como prueba de que la música no es el sonido, que la belleza no es la resolución.
Aprovecho la ocasión para comentar, como me gusta, las pavadas que le escucho decir a eximias figuras del conocimiento. Una vez, en un evento de arte sonoro, escuché a un gran sabio decir que le gustaba el ruido porque tenía mucha información. Una reformulación muy triste del viejísimo argumento contra la repetición. Esta persona decía que en la música “convencional” hay poca información porque se repite mucho. ¡Qué ignorante! En un ruido puede haber muchos datos, igual que los puede haber en una grabación de alta fidelidad. Pero el dato no es información. Le falta, precisamente, la forma, le falta in-formarse. Esta pedante personalidad tampoco comprendió en toda una larga vida llena de becas internacionales y clases magistrales que el mismo dato en un contexto distinto es una información distinta. En una sucesión de eventos aleatorios la única información bien podría ser “eventos aleatorios” porque la información no es una secuencia de amplitudes sino una inteligibilidad determinada por la percepción que, a su vez, es indisociable de la interpretación, de la escucha que siempre es escucha de algo.
Bien por Hirasawa y gracias. Bien por toda la música que sigue existiendo más allá del preciosismo y de la pose. No puedo evitar pensar también que esa libertad creativa es cada vez menos común y que es increíble que algo tan original se permita en un producto tan mainstream. Celebro eso también y se lo dedicamos a la horda de DJs y “productorxs” cuyo único capital es el samplerate. El encanto de Susumu es invisible a todxs ellxs porque sin la referencia de treinta años de crítica estética serían incapaces de diferenciar a David Guetta de Richard D James.