El sueño medioclasista del pequeño artista NFT
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la pastoral cyberpunk
Castoriadis habla de una tensión institucional entre lo instituido y lo instituyente. Las instituciones son dispositivos interesantes, por un lado hacen perdurar lo que de otra manera sería inorgánico, volátil, ineficiente. Pero, al mismo tiempo, tienen historicidad, cambian, necesitan ser flexibles, adaptarse por las mismas razones. Lo instituido es la herencia, la tradición, lo precedente. Lo instituyente es lo fundante, la mutación, el porvenir. El presente, que nos queda, es siempre el conflicto, el dilema.
Para cierta interpretación de la realidad, lo instituido no es causa de la injusticia social. Es decir, las instituciones son idealmente sólidas, consistentes, y el problema es, entonces, que no se respetan o no se las deja funcionar bien, la debilidad humana corrompe la forma perfecta de la institución. En el vértice opuesto tenemos una interpretación según la cual la naturaleza de lo instituido es, precisamente, perpetuar por definición esta desigualdad. Ahora bien, estas concepciones a menudo se amalgaman y ofrecen originales variaciones de pánico, paranoia, berrinchismo, hipocresía, maldad y estupidez. Veamos.
Entre lxs partidarixs de lo instituido encontramos un amplio apoyo a lo que llaman, ridículamente, “meritocracia”. Si aceptamos la premisa del idealmente infalible funcionamiento de lo instituido, el “buen comportamiento” sería el único requerimiento para la consonancia perfecta de la sociedad. Dadas las instituciones que esencialmente así lo garantizan, el mérito de la sociedad sería transparente, notorio, no habría impedimento alguno para que cada unx se destaque acorde a su desempeño, es decir, para que cada quien coseche lo que siembra. Por supuesto, detrás de este quimérico sinsentido se ocultan las arbitrarias razones por las cuales algo se considera o no meritorio y la consigna axiomática de aceptar sin modificaciones significativas las reglas que se imponen y la asimetría de condiciones en las que cada persona habrá de desempeñarse con noble perseverancia o despreocupada irresponsabilidad, dependiendo del caso, para alcanzar la misma meta. El problema, sin embargo, es que si tampoco admitimos ningún tipo de mérito explícito (porque implícitamente lo hacemos con cada acción), los parámetros de la valoración son un poco caprichosos. Muchas veces, en un extraño despeje, quedan los escenarios, las situaciones, los contextos, etc. como méritos en sí, de manera que -incluso creyendo que se traslada- únicamente se reafirma el desequilibrio estructural que intentaba compensarse. Sepan disculpar la rimbombancia del planteo, ya no sé si es que quiero hablar con delicadeza de temas delicados o simplemente aburrir inútilmente a quienes me crucifican diga lo que diga. Quizás con un ejemplo concreto sea más fácil describir el problema:
¡Cuántas graciosas iteraciones de lo instituido y lo instituyente en el sueño medioclasista del pequeño artista digital! El arte hoy es como una válvula de autoestima, una nursería psíquica, ya es cuestión de salud mental, de justicia social, todxs somos igualmente valiosxs, todas las opiniones, producciones y pensamientos son iguales. Por supuesto, los precios pueden variar. Es indispensable, también, si no se presentan credenciales de superioridad moral o competencia oracular (como ser dueñx de una exitosa startup), exhibir un humilde misticismo (“yo no sé lo que escribo, es magia”) o una posmoderna solemnidad crítica (“con este robot carísimo y gigante que me financiaron lavando plata propongo a las selectas personalidades del ambiente que accedieron reflexionar sobre el transhumanismo”) para justificar o discurrir sobre el arte. Principalmente si es “tecnológico” porque, claro, nadie entiende un carajo y cualquier atisbo de objetividad es facismo positivista. Me han llegado a llamar “oscurantista” porque, no conformes con que comparta y explique mi código, parece que da lo mismo y pertenezco a una casta sacerdotal si no programo también en un lenguaje más “sencillo”… Es gracioso de verdad porque mis necesidades preceden a mis elecciones. Deben fantasear que yo estoy acá en mi casa pensando cuál es la manera más complicada de hacer tal o cual cosa o que siempre tuve plata para comprarme cualquier computadora y correr los programas más chetos. Me proyectan sus white people problems. Si no soy astronauta es porque me rasqué toda la vida. En un acto ya irreprochablemente democrático pueden decirme también qué pieza debo componer. Es que no alcanza con compartir y explicar, a veces nuestra mera presencia es ya un acto de soberbia, se necesita ejercitar a cada momento la caridad cristiana con los espíritus más pobres y por eso también aplicar el castigo divino y ejemplar a quienes osen destacarse. Sé que muchxs se preguntan cómo tengo la desfachatez de exigir algo a mi interlocutor o cómo me atrevo a mencionar que dedicar una tarde o treinta años a una tarea es lo mismo.
La condición de posibilidad del estado de las cosas es una imbecilidad retroalimentada y por eso mucho de lo que se celebra es en realidad una maldición. Sin parámetros que permitan juzgar o discriminar aseguramos una pacificación total, una inofensiva pastoral de artistas “tecnológicos” alineada a la agenda del status quo mientras puedan vender sus NFTs, conocer Berlin o aprobar trabajos prácticos. No me parece mal pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.