El Anti-Aliasing

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El Anti-Aliasing

Todo lo que es borde se suaviza en el aire

Ni siquiera cuando estudié filosofía me pareció interesante lo que se conoce como Estética o Filosofía del Arte. Raro porque habiendo producido siempre cosas “artísticas” parecería una inclinación natural. Pero quizás por eso mismo nunca me convenció, me parecía tan desconectado de la vivencia que tenía del arte. Por supuesto, hay referencias obligadas que aprendí con mucho gusto y agradezco haber conocido, como Platón, Aristóteles, Kant, Frankfurt, … pero la reflexión se sentía tan superficial en comparación con la experiencia y la creación. En lo que a música se refiere sigo sin encontrar algo que valga la pena, algo que me entusiasme, que enriquezca en vez de empobrecer al sonido. Con el cine pasó lo contrario porque al conocer los análisis, la transparencia de la supuesta narrativa se destruía en mil pedazos ante una hermenéutica simbólica anclada en -esto es lo determinante- lo técnico, particular, objetivo, material, artificio. En fin, toda esta introducción es casi una disculpa porque voy a hablar de “estética”. La última y más importante salvedad es la siguiente: si finalmente terminé hablando y escribiendo sobre arte fue por necesidad, por reacción, por eso muchas veces predomina el malhumor en lo que digo. Lo que sigue es una especie de conversación con el video de Aesthety sobre el diseño Y2K.

El Y2K es una estética “total” de los 90s, esa redondez cromada (a veces más, a veces menos esterilizada) de los roswelitos, las raves, las macs, los CDs, la ostentosa capacidad gráfica del modelado 3D y la simulación de fluidos como en Abismo o Terminator 2. Todo esto impulsado por la tecnoutopía de la conectividad de Internet y el neojipismo resintetizado del MDMA, el auspicioso cambio de milenio que tan pertinentemente coincide (¿o concluye?) con la publicación de “Modernidad Líquida” de Bauman y cierto inquietante protagonismo de la sociología. Un futurismo que vale la pena contrastar con el neoexpresionismo industrial de lo dark y lo mecánico, angular y repetitivo, de Metrópolis a Kraftwerk, que en la música siguió conviviendo con reverberancias y delays oníricos del trance o resonancias filosas y lisérgicas del acid ya que lo más apropiado para esos espacios hospitalarios del Y2K parece ser el ambient, fondo medicado de la velocidad y el poder combustible concentrado de los aeropuertos.

Lo que me llama la atención es la continuidad más que la disrupción. Del agua a la sangre o los excrementos, desde el tema acuático de la horrenda Avatar, el mercurio repugnante del esnobismo mutekiano, hasta Arca o “lo último” (siempre lo último) de Björk, el post o pre humanismo es predominantemente curvilíneo y HD. La mercancía utópica de los gigantes tecnológicos, que es de lo que se trata todo en definitiva, incorporó “irónicamente” el glitch que implicaba el nombre mismo de esta moda y la licuefacción se nos presenta ahora repuesta del error social, de la planificación fracasada, con su cosmética de rayones digitales pero en forma de NFT, metaverso, criptoliberalismo y tiranía influencer, wireless control. A este render económico de suavidad, a esta atenuación algorítmica del conflicto y la ansiedad, puede responder en gran medida el loop tedioso del vaporwave, su mosaico despreocupado, el golpe impreciso del lofi, el aliasing barato del chiptune y el pixel-art si se saben distinguir de campañas publicitarias.

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